Después de caminar en círculos buscando la dirección equivocada, entraron a la cueva. Llegaron pensando que encontrarían a la jauría de amigos nocturnos, a los de siempre, a los de todos los viernes y sábados; pero en cambio se vieron solos bajo el cielo raso que se pintaba de rojo. No era difícil ver el nudo que los ataba entre sí hiriéndolos sin saber por qué. Ella creía haberlo querido alguna vez, él creía quererla en ese momento metida entre sus piernas -o tal vez sólo entre sus brazos- (...)
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