Me miró como si no me conociera, como si fuese una extraña más que se colaba en sus días. Me miró como si nunca hubiese querido encontrarme. Una sensación totalmente desagradable recorrió mi sistema nervioso, la misma sensación que experimento cada vez que me enfrento a los recuerdos. De pronto me vi sentada en su oficina contándole de mí, recibiendo consejos, aprendiendo de la vida. Quería saltar al vacío, quería desaparecer instantáneamente. No quería seguir sometida a su mirada que me recorría de pies a cabeza estudiándome para ver si hallaba alguna coincidencia, alguna concordancia entre su recuerdo y lo que ya no era. Todo se detuvo. Nos saludamos mutuamente para no dejar de lado la cordialidad que siempre nos había caracterizado. Fingimos.
El suplicio duró unos infinitos 30 segundos. Después de eso sólo quería un cigarro, pero tenía que correr hacia otra parte; me esperaban.
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